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Festivales de música ¿gusto o pose?

  • 9 ago 2017
  • 5 Min. de lectura

En el presente artículo, tengo como propósito hablar y desahogarme de lo que se vive en los conciertos, en esta era posmoderna. Trataré de ser breve, pero estimulando la crítica y el cuestionamiento en exquisitos intelectuales y en modestos seres pensantes.


Comencemos por definir qué es un hecho social. De acuerdo con Durkheim, consiste en modos de actuar, de pensar y de sentir, exteriores al individuo, que están dotados de un poder de coerción [ánima a la sociedad a hacer las cosas], en virtud del cual se imponen a él. Es decir, lejos de ser un producto de nuestra voluntad, se determina desde fuera; viene siendo como un molde en el que nos vemos obligados a verter nuestras acciones.


Los hechos sociales son comportamientos cíclicos, presenciales en manifestaciones como la moda y los conciertos (en donde quiero puntualizar). Esto no es novedad, pues la conducta humana no es tan original y nueva, como a veces creemos que es.


Iré al grano. ¿Qué es lo que noto en los actuales festivales de música en la CDMX? ¡PRE-TEN-CIÓN!



Simmel ya lo había explicado. La moda origina (siempre) la dualidad de permanencia-cambio. O sea, proporciona al individuo la seguridad de no hallarse solo en sus actos, pero al mismo tiempo, le vende individualidad; la esencia de ser distinto al resto de la masa. Pero qué creen, la “antimoda” también homogeniza, hasta llegar a perecer.


La juventud se puede segmentar. Antes, ni existía la adolescencia como tal, pues la gente trabajaba desde muy joven. Ahora, estamos diferenciados por gustos y marcas. La industria nos ha establecido la tendencia, nos ha construído estereotipos. Y esto provoca enajenación; oculta la esencia de nuestro ser. Es una paradoja. Nos hace querer encajar, pero tratando de ser distintos.


¿Esto qué tiene que ver con los festivales de música? Muy simple. Son rituales estrafalarios, donde pareciera que ya no importa “el durante”, sino el preámbulo. Dichos eventos sociales comenzaron, según entiendo, en el ámbito de la música rock y el pop. Hablando del S. XX, su mayor dispersión fue durante la transición de los sesenta a los setenta.


Ustedes han de pensar, siguiendo la lógica que mencioné anteriormente, ¿si el comportamiento humano es recurrente, en esa época se hacía lo mismo? Claro, toda una pasarela de atuendos, al último grito que los mass media habían diseñado.


¿Cuál es la particularidad de los festivales de música actuales? R= estamos en la era del vacío, de las imágenes en supremacía. Ya no sólo se trata de vernos cool-sé-un-buen-de-música-que-nadie-conoce, sino de compartir fotografías, a veces, en tiempo real del concierto.


Obvio, todos nos sumamos a esa sociedad que consume figuras visuales y las comparte en sus redes sociales; sería una hipocresía no aceptarlo. No obstante, debo confesar la incomodidad que me genera esa “socialité”, que a leguas procede del siguiente modo–> Capturar foto-Compartir foto-Obtener likes estimulantes-Fin. Sí ya sé, esa es la dinámica de los tiempos modernos (redes sociales).


Recuerdo que en mis primeros festivales, como el MotoRockr y Zero Fest, (no sé si era mi inocencia y mi simpleza) no prestaba atención a los atuendos de nadie. Yo sólo pensaba en la comodidad jeans-blusa-converse, por aquello de estar parada durante horas. Por supuesto, era una adolescente sencilla. Aunque ahora actúo del mismo modo: visto como más me acomode, sin disfraces.


¿Cómo hacerse notar en un concierto? Con labial nivel Pinterest, una falda favorecedora (no importa si te la pisan y hace un frío de la fregada por la lluvia), y tacones (por si hay personas más altas que tú). Más vale llevar esos de 15 cm, por si acaso (léase con sarcasmo). Mi ironía no se traduce en -Váyanse con el pants más cómodo y una playera dominguera- ¡NO! El estilo es único y se respeta. Pero me genera ruido la dramatización exagerada. Ya sé que…


“El espacio virtual del texto es intrínsecamente un medio teatral, en el que los elementos físicos participan de actos con estructura dramática y con emociones” (Rheingold)


Los seres humanos somos actores, lo han estudiado los sociólogos por años. Pero, ¿serlo con tanto esfuerzo? Eso no es estilo. Aunque, seguramente, muchas de estas personas son a las que llaman influencers, esas “celebridades” que cobran por tuitear; o bloggers y youtubers (vocabulario viciado por el marketing), que no realizan una gran aportación al mundo, solo se mantienen en boga por sus contenidos banales, lamentablemente, consumidos de forma cotidiana.

Bien decía un amigo mío, “ahora, cualquiera dispone de los medios para ganar sus 15 minutos de fama”. Parece acertado, ¿no? Tú, yo, quien sea, puede convertirse en youtuber o blogger. Subsistimos en una nueva era, donde la tecnología está en auge, a nuestro favor.


Las cosas son simples. Si te gusta un grupo de música, vas al concierto a disfrutarlo. Cada quien tiene su modo de expresarse. Para quienes lo vivimos con gran entusiasmo, guardar la pose es antinatural. Nos volvemos eufóricos; nos vale un comino perder el peinado. Moverse resulta casi automático, porque la música vibra en nuestros sentidos. Alguien que no menea ni el dedo chiquito del pie, sin experiencia perceptiva, no puede tratar de entender los extraños comportamientos.


Y qué me dicen de aquellos que graban absolutamente tooooodo el evento. Filmar no es un pecado. Finalmente, uno trata de generar memoria física de esos recuerdos de nuestra vida. Más es muy molesto terminar viendo el concierto desde un gran smartphone, porque, de plano, esas manos largas no te permiten ver nada. Hay que disfrutar más y cinematografiar menos.


[ Me remitió a la canción de Moby, “Are You Lost In The World Like Me” (Enlace–>> https://www.youtube.com/watch?v=VASywEuqFd8) Les recomiendo enormemente que lo vean, antes de que…

Quizá, estoy siendo exagerada, y gente obstinada-pseudo-snob me señalará por “mi mal gusto”. Pero les tengo noticias: “existen tres niveles culturales (high, middle y low), y no corresponden a una nivelación clasista. Lo high brow, no es necesariamente el de las clases dominantes, hay productos culturales de lower brow que son consumidos como high brow” (Eco, p.71).


Todos compramos cultura kitsch, esa que nos parece algo consumido; que llega a las masas o al público medio, porque ha sido disipada y se disipa. Al estar sometida a un gran número de consumidores, llega a la depauperación [Buena noticia para los que no tenemos 1000 likes por fotografía en Instagram].


En fin, he terminado mi catarsis. Espero, ustedes que han caído en este texto, hayan generado múltiples dudas y críticas a mis conceptos y percepciones. Son libres de hacerlo. No pretendo ser una erudita que domina la estructura del mal gusto y el mensaje poético. Ni tampoco quiero fijar cuáles sí son los comportamientos “in” en un concierto, y cuáles están “out”. Sería caer en lo mismo, una contracorriente radical e impositiva. Al contrario, deseo darle forma a algo que ni siquiera tiene necesidad de portarla; dar cabida al diálogo.



Referencias:

-Eco, Umberto. (1965). Apocalípticos e integrados, Tusquets.

-Simmel, J. (1923). Filosofía de la moda. Revista de Occidente.


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